El recuerdo como eterno retorno:
Algunas imágenes de “Regreso a Puerto Esperanza”, de Guillermo Munro
Por Liliana Chávez Díaz
“Espero que esta aventura de jóvenes y niños te divierta”, me escribió en la dedicatoria del libro Guillermo Munro, el 12 de marzo pasado,
“Regreso a Puerto Esperanza” aún venía calientita de imprenta y desde Puerto Peñasco. Empecé a leerla y descubrí que en efecto, era una
aventura de jóvenes y niños, que en efecto, también me divirtió, pero sobretodo, descubrí que no era sólo una historia para divertirse, así
nomás porque sí, como el escritor quiso hacerme creer.
“Regreso a Puerto Esperanza” es una novela para reír, conmover, añorar y envolverse en el misterio de un pueblo que, como sus personajes,
apenas empieza a crear su propia historia.
Porque en el regreso del Mike a su pueblo natal, en sus recuerdos y sueños, los lectores somos testigos de la historia de un hombre que inicia
el camino de su propia vida y de la de un pueblo que empieza a gestar también su historia en la del mundo mismo.
En esta nueva novela o nueva edición de la originalmente publicada como “Los sufrimientos de Puerto Esperanza” en 1997, Guillermo
Munro, escritor originario de Puerto Peñasco, cuenta la historia de su puerto entre 1935 a 1955, y en ella la de otros dos puertos que también
caben en la metáfora de Puerto Esperanza: Puerto Libertad y Bahía Kino. Munro regresa a su propia memoria, a su historia que es la de los
suyos, y desde ahí es capaz de crear a su narrador-personaje que va y viene por el presente, pasado y futuro.
El hombre que regresa a su origen es ya una figura tipo de la literatura universal: De Ulises en La Odisea, el propio Alonso Quijano en El
Quijote a Juan Preciado en Pedro Páramo. El hombre que regresa, sus motivos y aventuras es el camino por descubrir en cada página.
De manera general, “Regreso a Puerto Esperanza” es la historia de Miguel, un joven aprendiz de tapicero de muebles en California que a los
20 años visita su pueblo después de siete años de ausencia y se reencuentra con su amigo Güico, junto a quien, entre recuerdos de la
infancia común y sueños de un futuro mejor que el presente, se lanza a descubrir el misterio del asesinato de Marcos García San Gabriel,
galán del pueblo pero también luchador social en contra de las injusticias hacia los pescadores.
Sin embargo y con el pretexto precisamente de esta trama, la novela es también la historia de una inocencia perdida, de sueños que se
vuelven nostalgia de tan inalcanzables, de una violencia de mayor fuerza aún por estar disfrazada de ingenuidad.
Contada a manera de memoria personal, la historia individual es símbolo de la historia colectiva: La de un pueblo descalzo, sin electricidad
ni agua potable, de autos casi inservibles y casas a medio empezar; de su gente que cura el dolor y el calor con cerveza helada y fiestas
populares que terminan en tragedias.
En el regreso de Mike a Puerto Esperanza, el lector acompaña al protagonista en su paso de la niñez con sus travesuras a la adolescencia con
su descubrimiento de la sexualidad y luego a la edad adulta y su búsqueda de sobrevivencia, pero también acompaña a todo un pueblo en su
paso de la prehistoria a una esperanza de algo más. El lector es testigo del crecimiento de un hombre y de toda una sociedad, de la
civilización y barbarie que siguen en lucha como en los primeros años de la historia poscolonial de América Latina. Munro muestra que para
la segunda mitad del siglo XX, mientras la guerra domina al mundo y Estados Unidos se erige como gran potencia, un pueblo olvidado
incluso de su propia capital, lucha por incorporarse a la vida que asoma más allá del desierto que lo aísla, de la arena que se queda entre los
dientes y el mar que es lo único que lo sostiene.
Al leer “Regreso a Puerto Esperanza” asistimos, como ya mencioné, a la gestación de un pueblo, pero el escritor no deja ahí su relato, en la
belleza de las imágenes que provoca y que sin embargo, para sus personajes siempre es el lugar del infierno y no del paraíso. La crítica a una
sociedad que conjuga poder, avaricia y muerte, está presente en la desmitificación de la idea del puerto idílico al desentrañar en la
configuración misma de sus personajes e historias, los ultrajes, violaciones, miedos y secretos detrás de la máscara de Puerto Esperanza.
Contar es el móvil de toda literatura y también de esta novela. Contar, pero contar cómo, es lo que distingue a cada literatura. Así, esta novela
se distingue formalmente por ser contada en tres tiempos, que son las edades del narrador-personaje: Mike a los 10 años, Mike a los 14 y a los
20, el tiempo presente de la narración y desde el cual realiza constantes flashbacks. La intertextualidad también está presente a través de las
canciones y pequeños fragmentos de poemas que aluden a una época o estado emocional de sus personajes, pero resalta en un posible
segundo narrador: la maestra del pueblo a través de un diario que, distinguido tipográficamente en el texto por las cursivas, ofrece una
perspectiva crítica ante el pueblo. Ella, la mujer atrapada en un pueblo en que no quiere estar; él, quien se va en contra de su propia
voluntad de permanecer en el pueblo que quiere.
Aunque la voz narrativa principal es la de Mike y desde sus ojos los lectores vemos, en la novela todos sus personajes están dispuestos a contar
su propia versión. El narrador-personaje se comporta a ratos como omnisciente, como quien observa desde arriba la historia de cada familia y
sabe todos sus secretos; en otras como quien escucha atento a los otros para luego, como un minucioso investigador, unir el entramado de
historias en una sola que complemente la suya propia.
Estructuralmente, la complejidad de la novela radica en la hábil destreza del escritor para saltar de un tiempo a otro de la narración y tejer
hábilmente cada uno de los recuerdos, hasta hacer de éstos el móvil principal que configura la trama y sus personajes.
A nivel de contenido, por otro lado, la novela es rica en imágenes: El mar es el gran campo semántico de un lenguaje que evoca lugares,
olores, colores y sabores que sólo pueden percibirse en un puerto y que resultan entrañables para todos aquellos que disfrutamos de las
sensaciones que el contacto con el mar transmite.
Bien dice la escritora Guadalupe Aldaco en la contraportada del libro, Puerto Esperanza es una metáfora, una metáfora que envuelve en
sí a una sociedad que ya es historia pero que tiende lazos con un presente que sólo en su pasado encuentra identidad y razón de ser.
En medio de una sociedad que crece aceleradamente y que a su paso parece olvidar lo que le ha precedido y le permite ser, el rescate
de la microhistoria de una cultura particular resulta sumamente relevante para mantener viva la memoria de un puerto, o muchos puertos, que
alguna vez, antes de que el país los tuviera en la mira como potencias turísticas internacionales, fueron pueblos sin luz, pero con esperanza.