VOCES DE MAR Y DESIERTO: LA NOVELA DE GUILLERMO MUNRO

Las voces vienen del mar, Los sufrimientos de Puerto Esperanza, y El camino del diablo  

 

Revista Fronteras/2000/Sylvia Aguilar Seleny y Rita Plancarte Martinez

 

La novelística de Guillermo Munro está presidida por una obstinada y obsesiva voluntad de narrar; de contar los avatares de las historias de vida de esos hombres y mujeres que han sobrevivido y generado sus propios valores culturales, inmersos en un ambiente hostil y amado, el mar y el desierto.

                La primera marca característica de la obra de Munro es la ubicación de sus historias en el ámbito del mar y el desierto, áreas fronterizas en múltiples sentidos. El mar como principio de un mundo ajeno que aun cuando se resiste al dominio del hombre, le ofrece sus frutos pródigamente; el desierto como límite de lo “civilizado” y como una experiencia que lleva al hombre a su límite físico y ambos, desierto y mar, en una ubicación geográfica limítrofe con otro país, con otras leyes y otra manera de entender la realidad. Desierto y mar son aquí una zona fronteriza, una especie de tierra de nadie que da lugar a experiencias de vida marcadas por los valores culturales resultantes de la lucha constante del hombre ante la adversidad de los elementos hostiles. Porque la naturaleza, poco magnánima en estas latitudes, ha obligado a una brega cotidiana por la sobre vivencia que, al convertirse en habitual, termina por generar una identidad entre los elementos y los seres humanos que los sufren, identidad que deviene en una actitud amorosa y de entendimiento entre éstos y su hábitat.

            En sus novelas Munro logra crear una imagen de ese mundo y de los conflictos y trabajos de los seres que lo pueblan. La vivencia y sobre vivencia en ese mundo le da al autor el material anecdótico; esta materia esta llena de experiencias de vida, de afanes, que el autor retoma guiado por el interés estético de reconocer en costumbres, creencias y valores, todo aquello sobre lo que se construyen las imágenes del hombre del litoral sonorense. Imágenes que forjan una identidad que si bien tiene sus señas particulares, comulga ampliamente con las preocupaciones comunes al ser humano.

            Reconstruyendo la presencia y relación del hombre con ese entorno, Munro nos ha ofrecido novelas que se suman a una tradición narrativa cuyo fin es representar sectores de la realidad que habían permanecido ajenos a la palabra literaria. Consideramos que su obra, continúa la tradición representada por Los cuentos del desierto (1959) de Emma Dolujanoff, La sierra y el viento (1975) de Genaro Cornejo, La creciente (1975) de Armida de la Vara y Pozo de crisanto (1977) de Leo Sandoval, entre otros textos que recuperan y representan la conflictiva relación del hombre con su espacio/tiempo, además de que reconstruyen una particular manera de entenderla y vivirla, tanto desde la perspectiva de los narradores como desde la voz de los personajes.

            La obstinada y obsesiva necesidad de narrar es la segunda marca distintiva de las novelas de Munro, es este afán, uno de los más válidos y vividos del hecho literario, el que genera y da vida a este rico mundo de representaciones, esto es, la urgencia de dar vida textual a ese sector de la realidad en que echa raíces la identidad del autor y que, desde luego, busca compartir con el lector.

            Por lo tanto, no podemos rastrear sus móviles y sus referentes en un diálogo específico con el contexto general de la literatura canónica; no busquemos en sus novelas la complejidad formal porque, aun cuando la poseen en cierto grado, difícilmente las podemos emparentar con tal o cual forma literaria establecida. Su formulación particular exige pensar en la oralidad como su referencia obligada. En las tres obras de este autor encontramos como denominador común el eco de una oralidad genuina, algunos pasajes, incluso, son casi una trascripción fiel de diálogos. De hecho, su alguna observación se puede hacer  a sus textos es, precisamente, que tales diálogos, en ocasiones, tratan de ser literaturizados –tal vez por la mano de algún editor- y las voces en diálogo pierden la frescura de los giros propios de su particular enunciación. La oralidad, manifiesta en los diálogos mencionados y en el uso del léxico propio de la comunidad representada, es la forma privilegiada desde la cual se pueden reconstruir los conflictos y vivencias de una comunidad cuya historia se constituye a partir de la oralidad misma, en tanto, dadas sus características, vive al margen de vida letrada. A la vez, esta  forma privilegiada es el vehículo de la expresión novelesca misma, de ahí que, por ejemplo, la entrevista oral es generadora de la recuperación de la memoria en Las voces vienen del mar.

            Podríamos decir que tal oralidad se evidencia en la forma en que se retoman y reelaboran los temas propios de la tradición oral. En las tres novelas se encuentran pasajes anecdóticos provenientes de esta forma de expresión, así encontramos en el mundo novelesco la resonancia de la voz popular que narra las historias de aparecidos, viajes trágicos, fantasmas y otros temas similares que siempre han formado parte de las formas literarias no escritas y pertenecientes de manera natural y ancestral a cualquier comunidad. La novelística de Munro logra recuperar y hacer prevalecer esa voz popular cuyo fin último es mantener una memoria de los hechos y configurar una identidad comunitaria. De ahí que tales formas orales puedan detectarse tanto en el nivel estilístico como en el composicional.

            Los eventos narrados en las novelas se conforman dentro de marcos históricos explícitos: La Revolución, la guerra cristera, la campaña antichina, el acoso a los yaquis y otros más que configuran el escenario en el cual actúan los personajes novelescos. Aquí el autor reinserta a los personajes en el hecho histórico planteando sus vivencias y dándole una visión humana a la historia, modificando así la percepción de los hechos históricos para el lector que alcanza a distinguir una perspectiva particular de los sujetos que han sido objetos de los sucesos de la historia. Munro recupera así una historia diferente a la oficial y nos provee de puntos de vista testimoniales, lo cual enriquece nuestra percepción de los hechos relevantes de la Historia de México.

            Estas novelas entonces se acercan más a las formas testimoniales que han caracterizado a la literatura en México y en Hispanoamérica y recuperando la voz del cronista busca recuperar aquellos valores y hechos que conforman la base de la identidad regional. El ser y pertenecer a un espacio particular implica la identificación con el espacio mismo y con la conformación de un grupo social, en este caso el desierto y el mar son las dimensiones geográficas de donde se aprehende un modo de vida y con él las relaciones y conflictos en donde se encuentran las pasiones y preocupaciones comunes del ser humano.

            Así, en Las voces vienen del mar, Munro recorre las orillas de distintas historias en distintos puertos de Sonora. Somos testigos de una larga lista de eventos que trazan la vida de varios pescadores y sus familias, por un lado tenemos aquellos que han definido a nuestro país: la Revolución, la persecución religiosa, la opresión indígena, la influencia extranjera; por otro lado están aquellos eventos ceñidos al interior de cada personaje, sus luchas personales y en común por sobrevivir en un tiempo y espacio determinado, ambas vertientes proporcionan el medio ante el cual los personajes de esta novela se enfrentan.

            En esta novela, uno de los herederos de una saga de pescadores inicia la búsqueda de una memoria perdida en el mar y en el pasado, esclarecer la misteriosa muerte del pescador Alejandro Palacio lo lleva a escuchar -y compartir con el lector- el testimonio de quienes participaron en la actividad pesquera en el litoral del estado de Sonora, en los primeros cuarenta años de este siglo. En puertos como Guaymas, Puerto Peñasco, Puerto Lobos, Puerto Libertad y Bahía de Kino; se levan anclas para llevar a cabo un viaje hacia aquellas anécdotas que unidas conformarán un libro-monumento que este narrador prepara en honor a los pangueros “que recorrieron las costas cuando no había nada” para que “no pasen por esta vida desapercibidos” (p.179), de tal manera escuchamos sus respuestas a preguntas que bien pueden esclarecer una muerte y fortalecer la pertenencia a una familia.

            Se intercala a estos testimonios –recopilados entre 1984 y 1989- otro recorrido, aquel iniciando el 4 de octubre de 1911 por la familia de Melquíades Palacio y al que habrán de unirse otras familias que habitaron y trabajaron en puertos sonorenses, y terminaron por ser fundadores de nuevos asentamientos –Puerto Peñasco y Bahía Kino. No estamos frente a breves fragmentos de estos personajes sino frente al seguimiento de una larga etapa de sus vidas. Se nos presenta entonces la misma historia de dos formas: la entrevista y la recreación ficticia de los hechos. A través de las entrevistas realizadas en el presente se reconstruye el pasado de forma dispersa y en cierto modo incompleta pero también escuchamos el desarrollo de estos hechos al momento que fueron ocurriendo, se construyen desde el pasado y hacia el presente una y muchas historias que “culminan” con la muerte de Alejandro Palacio, los protagonistas de estos dos caminos son los mismos pero en distintas épocas lo cual nos ofrece de nuevo dos perspectivas ante un mismo hecho. Es precisamente esta composición de la historia la gran virtud de la novela ya que así se reafirma la introducción del lector común a un mundo que puede serle ajeno, el ser testigo del dialogo de y entre personajes habilita el diálogo entre personajes, lector e incluso autor. Además, los múltiples viajes al interior y exterior de los personajes son también un viaje al interior y exterior de un tiempo y un espacio determinantes para la gente del entorno social y geográfico de este norte. Se recorre también la frontera y el desierto, elementos que como el mar ofrecen un reto en la vida de los personajes añadiendo así un carácter épico a las historias.

            De manera similar, en Los sufrimientos de Puerto Esperanza, distintas historias se entrelazan para figurar la vida cotidiana de un pueblo ficticio pero anclado en un tiempo histórico específico, la época de la Segunda Guerra Mundial.

            Desde la perspectiva de Miguel, un joven que vive el paso de la niñez a la juventud, se reconstruyen las experiencias de vida de los abundantes personajes de una comunidad pesquera cercana a la frontera. Los eventos relevantes en la vida social de un pueblo del litoral, las fiestas de carnaval, las relaciones de poder, la iniciación a la sexualidad, las experiencias que significan el paso a la edad adulta, las relaciones familiares y las conductas de personajes prototípicos como el rico, el forastero o el pícaro son los temas que se reelaboran a partir de la narración de anécdotas y sucesos. El eje de la novela es el interés del joven narrador por determinar quién y por qué asesinó Marcos García SanGabriel. La búsqueda de la verdad se convierte en el factor decisivo de su transformación en adulto. Ninguna de las pistas evidentes los conduce a nada, por ellos cuando descubre la verdad y alcanza a distinguir la complejidad de las relaciones humanas deja atrás una visión ingenua de la vida y entra al mundo de los adultos.

            El camino del diablo  ofrece al lector la crónica de un viaje por el pasaje mas inhóspito, el camino entre Sonoyta y San Luis Río Colorado, La tierra árida e inmisericorde pone a prueba la capacidad del hombre para dominarse a si mismo. La sed es el enemigo a vencer, pero también lo son las pasiones: la ambición, la intolerancia y la lujuria.

            La novela se plantea en dos dimensiones básicas, una corresponde a las historias particulares de los personajes en los días previos al viaje, de donde se derivan las razones que los mueven a viajar hacia California, y otra narra los pormenores del viaje. El mundo narrado presenta una violencia inaudita, desde la tensión que provoca la naturaleza hostil hasta la naturaleza execrable de algunos de los personajes incapaces de mostrar solidaridad alguna, lo que los hace incapaces de hacer un trabajo grupal cuyo fin último es cruzar el desierto con éxito. A estos personajes se les contraponen aquellos a los que esa experiencia los hace transformarse positivamente, pues aprenden a ser solidarios y responsables, lo que los lleva a reconciliarse con su propio ser.

            Los viajeros arrastran tras de sí sus historias particulares y el viaje se convierte en una forma de expiar las culpas y reconsiderar sus conductas. La negación de la propia identidad, la intolerancia racial –donde aparece la vergonzante campaña antichina que se vivió en Sonora a finales de los años veinte y principios de los treinta-, la ambición proterva de los ex revolucionarios bandoleros, el desprecio de los gringos hacia los mexicanos, aparecen tematizados a través de las voces y acciones de los diferentes y abundantes personajes. Así, aparece un personaje sumamente interesante y bien planteado: el indio Hemeterio, de ascendencia O’odham, quien es el encargado de guiar la expedición aunque en ellos le vaya la vida. Este personajes se construye a partir de su propia cosmovisión, sus propias dudas y las fracturas e su propia identidad; ésta alcanza a reconfigurarse a partir de la tarea que emprende, es decir, al guiar la expedición se guía a sí mismo a su auto recuperación.

            Es así como la voluntad narrativa de Guillermo Munro atrapa al lector y lo transporta a través de esa oralidad avasallante a compenetrarse con una realidad que, aunque ajena, se convierte en propia a través de la experiencia estética de la lectura.