VOCES
DE MAR Y DESIERTO: LA NOVELA DE GUILLERMO MUNRO
Las voces vienen del mar, Los
sufrimientos de Puerto Esperanza, y El camino del diablo
La
primera marca característica de la obra de Munro es la ubicación de sus
historias en el ámbito del mar y el desierto, áreas fronterizas en múltiples
sentidos. El mar como principio de un mundo ajeno que aun cuando se resiste al
dominio del hombre, le ofrece sus frutos pródigamente; el desierto como límite
de lo “civilizado” y como una experiencia que lleva al hombre a su límite
físico y ambos, desierto y mar, en una ubicación geográfica limítrofe con otro
país, con otras leyes y otra manera de entender la realidad. Desierto y mar son
aquí una zona fronteriza, una especie de tierra de nadie que da lugar a
experiencias de vida marcadas por los valores culturales resultantes de la
lucha constante del hombre ante la adversidad de los elementos hostiles. Porque
la naturaleza, poco magnánima en estas latitudes, ha obligado a una brega
cotidiana por la sobre vivencia que, al convertirse en habitual, termina por
generar una identidad entre los elementos y los seres humanos que los sufren,
identidad que deviene en una actitud amorosa y de entendimiento entre éstos y
su hábitat.
En sus novelas Munro logra crear una imagen de ese mundo
y de los conflictos y trabajos de los seres que lo pueblan. La vivencia y sobre
vivencia en ese mundo le da al autor el material anecdótico; esta materia esta
llena de experiencias de vida, de afanes, que el autor retoma guiado por el interés
estético de reconocer en costumbres, creencias y valores, todo aquello sobre lo
que se construyen las imágenes del hombre del litoral sonorense. Imágenes que
forjan una identidad que si bien tiene sus señas particulares, comulga
ampliamente con las preocupaciones comunes al ser humano.
Reconstruyendo la presencia y relación del hombre con ese
entorno, Munro nos ha ofrecido novelas que se suman a una tradición narrativa
cuyo fin es representar sectores de la realidad que habían permanecido ajenos a
la palabra literaria. Consideramos que su obra, continúa la tradición
representada por Los cuentos del desierto
(1959) de Emma Dolujanoff, La sierra
y el viento (1975) de Genaro Cornejo, La
creciente (1975) de Armida de la Vara y Pozo
de crisanto (1977) de Leo Sandoval, entre otros textos que recuperan y
representan la conflictiva relación del hombre con su espacio/tiempo, además de
que reconstruyen una particular manera de entenderla y vivirla, tanto desde la
perspectiva de los narradores como desde la voz de los personajes.
La obstinada y obsesiva necesidad de narrar es la segunda
marca distintiva de las novelas de Munro, es este afán, uno de los más válidos
y vividos del hecho literario, el que genera y da vida a este rico mundo de
representaciones, esto es, la urgencia de dar vida textual a ese sector de la
realidad en que echa raíces la identidad del autor y que, desde luego, busca
compartir con el lector.
Por lo tanto, no podemos rastrear sus móviles y sus
referentes en un diálogo específico con el contexto general de la literatura canónica;
no busquemos en sus novelas la complejidad formal porque, aun cuando la poseen
en cierto grado, difícilmente las podemos emparentar con tal o cual forma literaria
establecida. Su formulación particular exige pensar en la oralidad como su
referencia obligada. En las tres obras de este autor encontramos como
denominador común el eco de una oralidad genuina, algunos pasajes, incluso, son
casi una trascripción fiel de diálogos. De hecho, su alguna observación se
puede hacer a sus textos es,
precisamente, que tales diálogos, en ocasiones, tratan de ser literaturizados
–tal vez por la mano de algún editor- y las voces en diálogo pierden la
frescura de los giros propios de su particular enunciación. La oralidad,
manifiesta en los diálogos mencionados y en el uso del léxico propio de la
comunidad representada, es la forma privilegiada desde la cual se pueden reconstruir
los conflictos y vivencias de una comunidad cuya historia se constituye a
partir de la oralidad misma, en tanto, dadas sus características, vive al
margen de vida letrada. A la vez, esta
forma privilegiada es el vehículo de la expresión novelesca misma, de ahí
que, por ejemplo, la entrevista oral es generadora de la recuperación de la
memoria en Las voces vienen del mar.
Podríamos
decir que tal oralidad se evidencia en la forma en que se retoman y reelaboran
los temas propios de la tradición oral. En las tres novelas se encuentran
pasajes anecdóticos provenientes de esta forma de expresión, así encontramos en
el mundo novelesco la resonancia de la voz popular que narra las historias de
aparecidos, viajes trágicos, fantasmas y otros temas similares que siempre han
formado parte de las formas literarias no escritas y pertenecientes de manera
natural y ancestral a cualquier comunidad. La novelística de Munro logra
recuperar y hacer prevalecer esa voz popular cuyo fin último es mantener una
memoria de los hechos y configurar una identidad comunitaria. De ahí que tales
formas orales puedan detectarse tanto en el nivel estilístico como en el
composicional.
Los eventos narrados en las novelas se conforman dentro
de marcos históricos explícitos: La Revolución, la guerra cristera, la campaña
antichina, el acoso a los yaquis y otros más que configuran el escenario en el
cual actúan los personajes novelescos. Aquí el autor reinserta a los personajes
en el hecho histórico planteando sus vivencias y dándole una visión humana a la
historia, modificando así la percepción de los hechos históricos para el lector
que alcanza a distinguir una perspectiva particular de los sujetos que han sido
objetos de los sucesos de la historia. Munro recupera así una historia
diferente a la oficial y nos provee de puntos de vista testimoniales, lo cual
enriquece nuestra percepción de los hechos relevantes de la Historia de México.
Estas novelas entonces se acercan más a las formas
testimoniales que han caracterizado a la literatura en México y en Hispanoamérica
y recuperando la voz del cronista busca recuperar aquellos valores y hechos que
conforman la base de la identidad regional. El ser y pertenecer a un espacio
particular implica la identificación con el espacio mismo y con la conformación
de un grupo social, en este caso el desierto y el mar son las dimensiones geográficas
de donde se aprehende un modo de vida y con él las relaciones y conflictos en
donde se encuentran las pasiones y preocupaciones comunes del ser humano.
Así, en Las voces vienen del mar, Munro
recorre las orillas de distintas historias en distintos puertos de Sonora.
Somos testigos de una larga lista de eventos que trazan la vida de varios
pescadores y sus familias, por un lado tenemos aquellos que han definido a
nuestro país: la Revolución, la persecución religiosa, la opresión indígena, la
influencia extranjera; por otro lado están aquellos eventos ceñidos al interior
de cada personaje, sus luchas personales y en común por sobrevivir en un tiempo
y espacio determinado, ambas vertientes proporcionan el medio ante el cual los personajes
de esta novela se enfrentan.
En esta novela, uno de los herederos de una saga de
pescadores inicia la búsqueda de una memoria perdida en el mar y en el pasado,
esclarecer la misteriosa muerte del pescador Alejandro Palacio lo lleva a
escuchar -y compartir con el lector- el testimonio de quienes participaron en
la actividad pesquera en el litoral del estado de Sonora, en los primeros
cuarenta años de este siglo. En puertos como Guaymas, Puerto Peñasco, Puerto
Lobos, Puerto Libertad y Bahía de Kino; se levan anclas para llevar a cabo un
viaje hacia aquellas anécdotas que unidas conformarán un libro-monumento que
este narrador prepara en honor a los pangueros “que recorrieron las costas
cuando no había nada” para que “no pasen por esta vida desapercibidos” (p.179),
de tal manera escuchamos sus respuestas a preguntas que bien pueden esclarecer
una muerte y fortalecer la pertenencia a una familia.
Se intercala a estos testimonios –recopilados entre 1984
y 1989- otro recorrido, aquel iniciando el 4 de octubre de 1911 por la familia
de Melquíades Palacio y al que habrán de unirse otras familias que habitaron y
trabajaron en puertos sonorenses, y terminaron por ser fundadores de nuevos
asentamientos –Puerto Peñasco y Bahía Kino. No estamos frente a breves
fragmentos de estos personajes sino frente al seguimiento de una larga etapa de
sus vidas. Se nos presenta entonces la misma historia de dos formas: la
entrevista y la recreación ficticia de los hechos. A través de las entrevistas
realizadas en el presente se reconstruye el pasado de forma dispersa y en
cierto modo incompleta pero también escuchamos el desarrollo de estos hechos al
momento que fueron ocurriendo, se construyen desde el pasado y hacia el presente
una y muchas historias que “culminan” con la muerte de Alejandro Palacio, los
protagonistas de estos dos caminos son los mismos pero en distintas épocas lo
cual nos ofrece de nuevo dos perspectivas ante un mismo hecho. Es precisamente
esta composición de la historia la gran virtud de la novela ya que así se
reafirma la introducción del lector común a un mundo que puede serle ajeno, el
ser testigo del dialogo de y entre personajes habilita el diálogo entre
personajes, lector e incluso autor. Además, los múltiples viajes al interior y
exterior de los personajes son también un viaje al interior y exterior de un
tiempo y un espacio determinantes para la gente del entorno social y geográfico
de este norte. Se recorre también la frontera y el desierto, elementos que como
el mar ofrecen un reto en la vida de los personajes añadiendo así un carácter épico
a las historias.
De manera similar, en Los sufrimientos de Puerto
Esperanza, distintas
historias se entrelazan para figurar la vida cotidiana de un pueblo ficticio
pero anclado en un tiempo histórico específico, la época de la Segunda Guerra
Mundial.
Desde la perspectiva de Miguel, un joven que vive el paso
de la niñez a la juventud, se reconstruyen las experiencias de vida de los abundantes
personajes de una comunidad pesquera cercana a la frontera. Los eventos
relevantes en la vida social de un pueblo del litoral, las fiestas de carnaval,
las relaciones de poder, la iniciación a la sexualidad, las experiencias que significan
el paso a la edad adulta, las relaciones familiares y las conductas de
personajes prototípicos como el rico, el forastero o el pícaro son los temas
que se reelaboran a partir de la narración de anécdotas y sucesos. El eje de la
novela es el interés del joven narrador por determinar quién y por qué asesinó
Marcos García SanGabriel. La búsqueda de la verdad se convierte en el factor
decisivo de su transformación en adulto. Ninguna de las pistas evidentes los
conduce a nada, por ellos cuando descubre la verdad y alcanza a distinguir la
complejidad de las relaciones humanas deja atrás una visión ingenua de la vida
y entra al mundo de los adultos.
El camino del diablo ofrece al lector la crónica de un viaje por el
pasaje mas inhóspito, el camino entre Sonoyta y San Luis Río Colorado, La tierra
árida e inmisericorde pone a prueba la capacidad del hombre para dominarse a si
mismo. La sed es el enemigo a vencer, pero también lo son las pasiones: la ambición,
la intolerancia y la lujuria.
La novela se plantea en dos dimensiones básicas, una corresponde
a las historias particulares de los personajes en los días previos al viaje, de
donde se derivan las razones que los mueven a viajar hacia California, y otra
narra los pormenores del viaje. El mundo narrado presenta una violencia
inaudita, desde la tensión que provoca la naturaleza hostil hasta la naturaleza
execrable de algunos de los personajes incapaces de mostrar solidaridad alguna,
lo que los hace incapaces de hacer un trabajo grupal cuyo fin último es cruzar
el desierto con éxito. A estos personajes se les contraponen aquellos a los que
esa experiencia los hace transformarse positivamente, pues aprenden a ser
solidarios y responsables, lo que los lleva a reconciliarse con su propio ser.
Los viajeros arrastran tras de sí sus historias particulares
y el viaje se convierte en una forma de expiar las culpas y reconsiderar sus
conductas. La negación de la propia identidad, la intolerancia racial –donde
aparece la vergonzante campaña antichina que se vivió en Sonora a finales de
los años veinte y principios de los treinta-, la ambición proterva de los ex revolucionarios
bandoleros, el desprecio de los gringos hacia los mexicanos, aparecen
tematizados a través de las voces y acciones de los diferentes y abundantes
personajes. Así, aparece un personaje sumamente interesante y bien planteado:
el indio Hemeterio, de ascendencia O’odham, quien es el encargado de guiar la expedición
aunque en ellos le vaya la vida. Este personajes se construye a partir de su
propia cosmovisión, sus propias dudas y las fracturas e su propia identidad; ésta
alcanza a reconfigurarse a partir de la tarea que emprende, es decir, al guiar
la expedición se guía a sí mismo a su auto recuperación.
Es así como la voluntad narrativa de Guillermo Munro
atrapa al lector y lo transporta a través de esa oralidad avasallante a
compenetrarse con una realidad que, aunque ajena, se convierte en propia a través
de la experiencia estética de la lectura.