LAS VOCES VIENEN DEL MAR

 

 

Un hombre joven aparece muerto en una cañada, degollado con una navaja, en 1943. Ese  mismo año nace un niño emparentado con el difunto, y la casualidad va a tornarse destino. Décadas después, ese niño, ya hombre, va a explorar qué ocurrió entonces, y en este intento de completar el ciclo –la muerte, el nacimiento – irá dando forma a la saga de toda una epopeya callada, de una épica asordinada, de una de esas hazañas que parecen pertenecientes a los ámbitos de la leyenda y el siglo XVI, no de la historia y el siglo XX.

            Guillermo Munro fue recogiendo las voces que le llegaban del mar, y con ellas reconstruye un hito clave en la historia del noroeste mexicano: el poblamiento y la colonización de las orillas del Golfo de California en las primeras décadas de este siglo. Y claro, todo gira en torno a la muerte del guapo y silencioso Alejandro Palacio, quien cuando se emborrachaba volvíase un hombre impredecible y peligroso. A fin de cuentas, en torno a él y su extraña muerte empiezan a tejerse los ires y venires, los avatares, desgracias y alegrías de una población de nómadas, de variado origen, que igual emprendían la pesca de la totoaba que la construcción de hoteles para burlar la Ley Seca americana. De variado origen: descendientes de un minero irlandés, americanos que tratan de lucrar con la porosidad de la frontera, orientales temerosos de las leyes antichinas del estado de Sonora, indígenas que todavía libran su guerra desesperada contra el yori, el blanco, ya bien entrado el siglo. Toda una galería de personajes, tan diversos, que difícilmente podrían caber en una narración que no tenga que ver con una época de fundación, de origen, cuando lo diferente converge en un espacio mágico, y eventos mágicos suceden.

            Un espacio mágico: ahí donde el desierto se junta con el piélago, el engañosamente calmo Mar de Cortes, y la tierra (mejor aun, la Tierra, nuestro planeta) se convierte en un ámbito alienígeno, lunar, en las pedregosas bastedades del Pinacate. El paisaje va siguiendo paso a paso la narración de los sobrevivientes, como mostrándose quejumbroso de las carreteras y el riego por aspersión, pero diciéndonos al oído: “así era, y era hermoso, mas hermoso que hoy”. El lector puede apreciar cómo ha cambiado la esencia del norte, del verdadero norte, ahí donde ha llegado la civilización, cuando se angustia junto con los personajes para extraer agua de donde pueden, haciendo el proverbial circo-maroma-y-teatro, o cuando tenían que calcular la distancia a caballo hasta el pozo más próximo, para saber si la empresa no era demasiado osada.

            Todo ello salpicado de las anécdotas de la gente que no sabía de radio ni televisión, que todo lo que tenía eran sus historias y leyendas, algunas de ellas centenarias. Como la de la muchacha secuestrada que termina en la Isla del Tiburón, aferrada más a su hijo mestizo que a su piel blanca y la supuesta civilización, historia que se encadena misteriosa, mágicamente, con una semejante que Borges narra en algún cuento… y con el mismo misterio, y la misma magia, nos convencemos que ambas son ciertas en el ámbito no sólo de la literatura, sino de la memoria colectiva de los pueblos que vivieron el fiero encuentro del indio y el europeo. O la anécdota más ligera pero no menos mágica, el diablo que deambulaba por las playas, bramando con sus ojos rojos como tizones, y que termina en forma de carnitas, chicharrones y otro productos porcinos, con todo y el susto que le dio a un indio que, cuándo no, le decían Tetabiate.

            Durante casi cinco años, Guillermo Munro estuvo fatigando esos lugares, buscando sobrevivientes, hallándolos y haciéndolos compartir la memoria. El resultado es una novela aproximativa a la época, donde se tejen los destinos de muchos personajes, rescatando no sólo el habla, las costumbres, el desprendimiento de aquellas poblaciones de nómadas, sino parte del secreto del porqué preferían andar de un lado para otro, a veces aislados durante meses, sujetos a la explotación de los intermediarios y el azote de la naturaleza. El secreto, o parte de él: era una vida plena, donde el hombre que uno conocía, era conocido de a deveras; donde la hembra que uno pretendía, era un asunto muy serio; y donde lo que uno podía llevar consigo era toda la heredad, sin lastres ni ataduras. Una vida pesada, pero libre, como sólo puede vivirse en un ambiente hostil pero mágico.

            Las voces vienen del mar, que obtuvo el Premio de Novela Sonorense 1992, vio retrasada su edición definitiva por un avatar que quizá hubiera sido comprendido por aquellos porfiados pescadores y troqueros; la inmensa cantidad de erratas de la primera edición. Pero, ¿qué es la vida- podrían decirnos no pocos de los personajes del libro- sino un continuo corregir erratas? ¿Qué, sino el uso extenso del lápiz y el borrador, la voz y la guitarra, para ajustarle cuentas al destino? ¿Qué hubiera sido nuestra vida, la de nosotros, los que andamos pisando la rayita del sigo XXI, sin las erratas y la fe –de y sin- de quienes nos precedieron en estos polvosos andurriales?

            Con esta novela, Guillermo Munro le da un nuevo significado a la búsqueda de los orígenes. Se encuentra, y encuentra el porqué y las significaciones de lo que es él y lo que es la costa del Golfo de California. Osada empresa, audaz andanza, que, para beneplácito de sus lectores, termina contaminándonos –mejor aun, empolvándonos- con el espíritu humano, vivo, de aquellos –y aquellas- valientes, de aquellos tiempos, de aquellas canciones.

            Por todo ello, no se necesita ser sonorense para disfrutar Las voces vienen del mar. Vaya, no se requiere conocer el norte. Sólo la capacidad para dejarse llevar por una historia bien contada, que tiene la magia del olor a mezquite quemándose y la luz titilante de las estrellas del desierto… que es como se cuentan las buenas historias. 

Revista Fronteras/1966/Francisco José Amparán.

 

 

Guillermo Munro, Las voces vienen del mar, Instituto Sonorense de Cultura, 1994, 278 pp.