GUILLERMO MUNRO Y LA ESCULTURA DEL DESIERTO
Revista
Fronteras/2000/Guadalupe Beatriz Aldaco
I.
El placer que provocan las
novelas de Guillermo Munro inicia con la sensación, y después con la certeza,
de encontrarnos ante una vuelta afortunada a la estética de la narración: la
estética de las historias contadas, platicadas, conversadas. Sus novelas – Las voces vienen del Mar (Instituto
Sonorense de Cultura, 1994), Los
Sufrimientos de Puerto Esperanza (Gobierno del Estado de Sonora, Consejo
Nacional para la Cultura y las Artes, 1996) y El camino del diablo (Instituto Sonorense de Cultura, 1997)
reconstruyen, con intensa sensibilidad y maestría las odiseas emprendidas por
los hombres que quisieron amansar a la hostil naturaleza del noroeste de México
durante la primera mitad del siglo XX, con el ideal de engendrar en estos
páramos los cimientos para su sobrevivencia y su cultura.
Las novelas de Munro se
emparentan muy poco con los espirales a veces grotescos que dibujan las tramas
heredadas del realismo mágico, caracterizadas por la obsesiva invención de
códigos. Nos concilian, al contrario, con el espíritu original del oficio de
novelar, nos trasladan a la esencia más noble del género. En ellas, el narrador
se preocupa por actualizar una tarea literaria fundamental: relatar historias
que no compenetren con lo elementalmente
humano, ese conjunto de pequeños e individuales universos que van moldeando
y delineando las vidas interiores de los personajes. Tejido de percepciones e
ideas –poco elaboradas éstas a veces- a partir de las cuales asimilan el mundo
y se enfrentan a él. El lector se adentra en el universo de los actores, a
través de sus historias particulares, y de los diversos caminos que forjan para
relacionarse con el entorno y con los otros.
En Las voces vienen del Mar la fundación de los puertos de Sonora a
principios de este siglo (XX), la deportación de los yaquis, la expulsión de
los chinos, la influencia local de las politicas de Calles y Obregón, la
persecución religiosa, leyendas como la de Lola Casanova y los avatares de las
actividades fundadoras de la economía de la región –la pesca, la minería, la
agricultura, encarnadas en la experiencia de los protagonistas auténticos: el
pescador, el minero, el sembrador-, son sucesos que estimulan en el lector la
variedad de reacciones insólitas que provoca la literatura épica, en cuanto se reconstruyen
sucesos histórica y culturalmente primigenios, y las estrategias que se idearon
para vencer a la naturaleza en estos agrestes territorios, durante aquellos
momentos de desolación y aislamiento.
Como
en la antigua épica, en Las voces vienen
del mar el lector puede seguir de cerca los logros y dificultades de los
personajes ante los obstáculos y benevolencias de la naturaleza y el entorno
social y político, siempre tras la conquista de un objetivo, de una meta, y de
un espacio geográfico que se constituya en el ámbito de resolución de un ideal
colectivo. Los resultados: el dominio o
la derrota, el heroísmo o el quebranto.
La
dimensión sustancial de la novela radica en la confrontación de culturas, en el
cruce de formas diversas de enfrentar las vicisitudes de la fortuna. Las voces
emergen en un momento de definición histórica: cuando la fundación de los
puertos de Sonora – el encuentro o reecuentro del hombre con el mar- significó
el descubrimiento del paraíso y al mismo tiempo del infierno. El hallazgo de
nuevas y obligadas maneras de afrontar y resolver la sobrevivencia y, al mismo
tiempo, el tropiezo con la hostilidad y la resistencia de la naturaleza –el desierto, tanto en el sentido geográfico
como figurado- a la intervención de la ingenua, ilusoria y a veces burda y
torpe mano de los habitantes fundadores.
Los sufrimientos de Puerto Esperanza es una novela de anécdotas, de cuentos, de
gestas. Como en Las voces vienen del mar, el autor hace su travesía narrativa con
el hálito inspirador de la literatura épica. La pasión por buscar, descubrir y
recrear los orígenes, los tiempos primeros de una; pequeña comunidad alejada de
la civilización, la afanosa, intensa y cálida mirada al pasado, revelan la intención
profunda y trascendente: la recuperación de los acontecimientos iniciales que
fueron delineando el perfil de los habitantes de un pueblo, los cuales pueden
ser –y en ello radica una de las bondades de la novela- los habitantes de
cualquier otra comunidad perdida, que no cobra real existencia hasta que es
recuperada por la virtud de la palabra. Es así que Puerto Esperanza- Puerto Peñasco-,
ha logrado con esta novela su plena trascendencia.
Los sufrimientos de Puerto Esperanza
narra la historia de un pueblo a través de la mirada de un niño, y al mismo
tiempo la historia de vida de ese pequeño ser, marcada por la experiencia de
nacer y crecer en Puerto Esperanza. Vida individual y atmósfera geográfica y
social son los dos elementos que delínean el cúmulo de pequeños fragmentos de
experiencias, de vivencias, que se van eslabonando.
Con la muerte de
un hombre –como en Las voces- en
circunstancias misteriosas, se origina el movimiento de los personajes cada uno
con supropio anecdotario, cicatrizado por calamidades y fortunas, decepciones y
esperanzas, frustracuines y victorias, llevando a cuestas los lastres y las
indulgencias del propio pasado y las incertidumbres y espejismos del futuro.
Una virtud estructural de la novela es la doble
configuración del hablante narrativo. Por un lado este personaje, niño,
centraliza y determina las posibilidades discursivas y dramáticas, pero el otro
otorga presencia y voz propia a una multiplicidad heterogénea de actores. Esto,
a su vez, propicia la recuperación y reelaboración de dos universos de
lenguaje: el habla infantil y la jerga popular. Paralelamente a esta dimensión
lingüística, el autor logra diseñar un equilibrio entre dos grandes bloques
narrativos que conforman la historia: la experiencia de la infancia y el
devenir pueblerino.
El
juego infantil con sus componentes de crueldad e inocencia; la imposición de la
ley del más fuerte en la pandilla como símbolo de la supremacía del ser
primitivo que todos llevamos dentro; el ejercicio de la tiranía y el despotismo
de los mayores hacia los más débiles; sutilezas como el placer casi perfecto de
un dulce en la boca, que después es desplazado por el de los sueños eróticos y
posteriormente por el de las vivencias sexuales; la irreverencia del primer
cigarro; el viaje obligado a los abarrotes para conseguir los últimos números
de Memín Pinguín, La familia Burrón y Los Supermachos; el olor de los frijoles refritos y la añoranza de
la fruta, la verdura y la leche, grandes ausentes del Puerto, y luego la
consolación forzosa pero placentera de la carne de pecho de caguama, el
pescado, la jaiba y las almejas; la imagen de la Virgen de Guadalupe
custodiando el cuarto del burdel en la primera cita; el descubrimiento patético
del incesto y la incertidumbre inquietante de la homosexualidad; la fantasía de
crecer y hacer dinero para después comprar un carro… Los ojos del lector se pasean
por esta serie animada y plástica de aventura y desventuras infantiles y
adolescentes, transmitidas sin la intervención ociosa de un narrador ajeno al
lenguaje, sensibilidad y experiencia de los protagonistas.
Puerto
Esperanza es un puerto-símbolo, un pueblo-metáfora: límite entre la tierra y el
mar, entre la premodernidad y el paraíso. Asentado en un páramo apenas
explorado, casi virgen, tiene los sentidos puestos en el paisaje alucinante de
las luces neón, el aroma de las hamburguesas, las calles pavimentadas y llenas
de colorido y la exquisitez y desenfado de las gringas, a las que se puede llegar
recorriendo unos cuantos kilómetros al norte, cruzando la línea fronteriza.
Allá, en el otro lado.
Puerto Esperanza
es un pueblo saturado de ausencias: sin bancos, sin iglesia, sin luz eléctrica,
sin agua por tuberías. Es, casi, el no
pueblo. En Puerto Esperanza todo está por construirse, por crearse, incluso
la misma esperanza que habita su nombre.
El
primero de junio, día del marino, se esperan con impaciencia, como triunfo
pasajero sobre la rutina, los concursos de nado y remo, el palo y el cochi
encebado, la rueda de la fortuna que se instala como monumento a la ironía.
También el alcohol, que cura y desinfecta con rapidez las heridas de adentro.
Cualquier otro día hay que conformarse
con ir al billar, al cine sin techo, a la nieve de garrafa, a la playa, al
embarcadero. También se puede matar el tiempo haciendo bromas de la solterona,
de la beata, de la maestra y de la candidata a reina, o esperando con
curiosidad vehemente la llegada de la
fayuca. El lector puede seguir de cerca los logros y dificultades de los héroes,
en este caso un niño y sus amigos, que se erigen en apasionados detectives de
un crimen y que aprenden, juntos, a enfrentar sus pequeños aciertos y derrotas,
sus fracasos y sus éxitos.
El camino del diablo es la
narración de una aventura épica. Es la epopeya sonorense y
mexicana del desierto. No existía antes, en
nuestra literatura nacional, una obra que hiciera justicia, plena justicia, al
paisaje desértico de esta parte del país como protagonista de tantísimas hazañas
y tragedias. Munro quiso, con esta novela, devolver al desierto mexicano su
dimensión en la historia; quiso cubrir, y lo logró, la vivencia subjetiva,
particular e íntima de la arena, el sol y los sahuaros. Al mismo tiempo patentó,
con letra de molde, el sedimento histórico de largo plazo que se ha derivado de
la convivencia con estos páramos de infierno, fatídicos y raras veces
gloriosos.
Es el
desierto en la carne, en el sudor y en la sangre de la gente; el desierto como
presencia majestuosa e infinita del cielo y del infierno; el desierto como
manto protector y asesino, como ruta de la vida y de la muerte, como entorno
que acoge y traiciona.
Es el
desierto, también (aunque la historia oficial lo ignore), engendrador de
pasajes determinantes de la historia del país.
El camino del diablo es una novela de múltiples
confluencias; es, como otras novelas del autor, un texto esencialmente
dialógico, en el que concurren múltiples voces y, con ellas, contradictorias
visiones del mundo y formas de aprehender una realidad común. La novela recrea
el viaje de un grupo de individuos a través del desierto, a partir del cual nos
adentramos en la cultura del indio, del mestizo, del chino despreciado, del gringo
prepotente…; es la narración de un viaje infernal, en el que cada uno de los
personajes lleva la carga de su propio drama vital, el peso de una herencia que
les devuelve su condición originaria de seres arrojados al mundo. Seres que
tienen que enfrentar culpas y condenas contraídas por sus antepasados anónimos.
Individuos obligados a saldar deudas ancestrales.
La novela esta
estructurada a partir de dos tiempos: Uno es el tiempo concreto: la duración de
la trama, que corresponde a tres días de travesía agónica por el camino del
diablo; el otro es el tiempo denso, el tiempo acumulado, el tiempo histórico
que invade la vida individual e intima de cada personaje. Este tiempo, el gran
tiempo, determina al otro, al tiempo corto, circunstancial y contingente. El
gran tiempo es el tiempo de la cultura vivida y asimilada por cada uno de los
actores, la que los hace proceder de manera distinta y contradictoria en el
momento de enfrentarse a un acontecimiento común.
El mérito
de esta novela radica, precisamente, en que el autor sabe lograr la unidad
entre la dimensión externa del comportamiento de los personajes y la dimensión
profunda de sus acciones. El ejemplo más sobresaliente de este sólido manejo
narrativo es la historia de Hemeterio, el indio pápago que es víctima, y
victimario al mismo tiempo, de su cultura antigua, pagana y después sincrética, una cultura
que carece de los elementos suficientes para mantenerse autentica y pura, que
sucumbe constantemente frente a las inclemencias de otras formas culturales
impuestas e inducidas.
El camino del diablo es una novela
plástica, de escenas crudas, de imágenes desnudas y transparentes. Es, indudablemente,
una novela cinematográfica.
Munro es uno de esos escritores
que saben engañar muy bien. Como individuo que
deambula
discretamente, y no estático y aislado pensador, sabe ocultar su sabiduría
literaria, su vocación, su don creativo. No es, pues, de aquellos que gustan
hacer ostentación con el oficio. Sólo quienes lo hemos leído integralmente, es
decir, que hemos leído su obra pero que, además, lo hemos conocido, tenemos la
llave imaginaria para acercarnos un poco a “la lectura de la lectura” que sus
ojos hacen del entorno que él mismo y sus antepasados contribuyeron a forjar.
Sabemos que el tiempo de escritura de una
novela no es el tiempo concreto, tangible, mensurable, que emplea el escritor
para escribirla. Es el tiempo acumulado. El buen novelista es un experto en
acumulación narrativa. Uno es el acto material, objetivo, el otro es la
condición indispensable para que ese acto cobre plena realización, y en
Guillermo Munro confluyen ambos. Sus textos nos dicen que, antes de ser
escritos, su autor supo hacer la lectura intensa y profunda del desierto y el
mar noroeste. Supo interiorizar el paisaje y la gente, y la historia de la
gente que habitó y habita este paisaje. Ha sido discreto testigo y confesor- con
su propia versión de los hechos- de algo de lo que ha acontecido en estos
desiertos.