La ficcionalización de la microhistoria en Las voces vienen del mar de Guillermo Munro

Danira López Torres Universidad Nacional Autónoma de México
Guillermo Munro pertenece al grupo de escritores del Norte del país que han destacado dentro de la literatura producida
en esa región porque sus obras han sido reconocidas y premiadas por las instituciones culturales de los estados, lo que
les ha permitido la publicación y semidistribución de sus obras. Entre las principales características que destaca Miguel
Rodríguez (2003), con relación a la producción literaria de estos autores, está el hecho de que “En el campo de la
literatura [la producción en el Norte] ha dado pasos agigantados en las últimas dos décadas con autores y obras que
mantienen su vigencia. Es imposible no darse cuenta de ello. Escriben desde su ciudad, publican ahí o fuera de ella; [y]
se nutren del lugar desde el cual crean sus obras” (15).
Guillermo Munro entraría dentro de esta descripción de escritores que expone Rodríguez, pues su producción surge
durante el transcurso de las dos últimas décadas, contando ya con cuatro novela publicadas, la más reciente en 2003, No
me da miedo morir. Coedita además una publicación periódica, relacionada con su quehacer como cronista, que le
permite una presencia literaria, casi cotidiana, en el ámbito cultural del Noroeste y lo mantiene produciendo de manera
constante. Algunas de las características que predominan en la narrativa de Guillermo Munro son aquellas que aluden
precisamente a los espacios, personajes y discursos correspondientes a las formas de vida del “lugar desde el cual crea
sus obras” y de las cuales “se nutre”. Los espacios que recrea tienen como escenario la región Noroeste del país,
específicamente, los estados de Sonora, Baja California y la parte meridional del estado de Arizona en los Estados
Unidos. Todos éstos con su amplia y variada geografía física, dentro de la cual se impone la paradójica coexistencia de
enormes y desoladas extensiones de desierto y mar, múltiples bahías e islas, medanos o dunas interminables, ríos un
tiempo caudalosos, hoy día, a penas arroyos de arena y piedra; áridas e intransitables regiones volcánicas, minas de oro
abandonadas y, no podía faltar, la trajinada y conflictiva frontera con los Estados Unidos. En estos escenarios confluyen
personajes de diversas culturas que van desde las comunidades étnicas de la región, entre las que destacan los yaquis –
del sur del estado de Sonora-, seris -del centro- y pápagos -del norte-; así como los guaicura en Baja California, hasta la
presencia de los vecinos del norte, junto con una variedad de extranjeros –chinos, italianos e irlandeses-, atraídos a esas
tierras por diversos intereses. Munro logra configurar en su narrativa las diversas formas de vida y visiones de mundo de
cada una de las culturas presentadas a través de una acertada caracterización de los personajes y de la recreación de los
diferentes lenguajes; algunos de éstos son el español norteño, con sus anglicismos, regionalismos o modismos; la jerga
de los pescadores, así como las formas de vida y visiones de mundo de los seris, yaquis, pápagos, norteamericanos y
chinos, principalmente. Lo que interesa desarrollar en el presente estudio es lo relativo al funcionamiento de los
diferentes discursos en su primer novela LVVM, apoyándome en la tesis de que la novela presenta una ficcionalización de
la microhistoria, pues comparte con ésta, en el terreno de la ficción literaria, no sólo el mismo objeto de estudio –la
historia regional, local, del terruño, etc.-, sino también recurre a la recreación del mismo tipo de fuentes discursivas que la
microhistoria. En este sentido, la novela ficcionaliza la microhistoria y la tarea del microhistoriador.  El concepto de
microhistoria, con base en lo que plantea Luis González y González (1997), refiere al “estudio histórico que se haga de
objetos de poca amplitud espacial” (105). Este mismo autor refiere que entre los principales tipos de fuentes o
documentos a los que recurre la microhistoria están el cuestionario, la entrevista, el testimonio, los relatos de apariencia
mítica, de historia universal, local, familiar, esotérica o producto puro de recuerdos personales; la tradición oral, la crónica
pueblerina o local, las listas de bautizos, matrimonio o entierros, la fotografía, los viejos caminos, pozos, cultivos, ruinas,
la canción o corrido, entre otros. La novela LVVM recurre precisamente a la recreación del tipo de documentos –diversa
naturaleza: escrito, oral, etc.- que utiliza la microhistoria y que, en la novela, configuran una especie de memoria colectiva
como resultado de la polifonía y dialogismo que introducen al relato la variedad de discursos que integran las historias
presentadas. Lo que resulta interesante en la novela es la relación architextual que se establece con la microhistoria. Lo
cual agrega al relato toda una carga semántica, pues el discurso aludido está previamente cargado de sentidos, razón por
la cual esta alusión no puede dejarse de lado a la hora de elaborar una posible interpretación de la novela. LVVM
pareciera que se propone como una ficción microhistórica, pues lleva la relación architextual al plano de la hibridación
genérica entre la novela y la microhistoria. LVVM narra la historia de un personaje, miembro de una familia de pescadores,
que indaga a cerca de la extraña muerte de su tío. Paralela a esta historia se relata la de los antepasados del personaje
de la primer historia, dos familias de pescadores fundadoras de algunos de los puertos del Mar de Cortés –Guaymas,
Puerto Libertad, Bahía de Kino, Puerto Lobos, Bahía Adair, Puerto Peñasco, entre otros–, y de varias de las poblaciones
aledañas encalladas en el desierto sonorense –entre las cuales destaca Sonoyta–.
Estas historias se nos presentan a través de la mediación de dos narradores, uno heterodiegético y el otro
homodiegético. El objeto de la narración del primero es la historia de las familias de pescadores Munro Furcade y Palacio,
y, a raíz de éstas, la historia de la fundación de los puertos y poblaciones, así como también, de acontecimientos
relevantes ocurridos en la región desde finales del siglo XIX (1892), deteniéndose con más detalle en la época de la
Revolución Mexicana, hasta 1942, que es el año en el que concluye este narrador las historias que presenta.  El narrador
homodiegético se ubica en un nivel de enunciación intradiegético  y, desde ahí, adopta primero la narración de tipo
autodiegética, toma como objeto de su narración su propia vida pasada, la cual transcurre durante la segunda mitad del
siglo XX, entre 1978 y 1984, narrándonos el momento y los motivos por los cuales decide iniciar la indagación sobre la
extraña muerte de su tío. Posteriormente, este mismo narrador homodiegético, asume el tipo testimonial y toma como
objeto de su narración las entrevistas realizadas y los testimonios recogidos a personajes de las diversas poblaciones.
Lo que cambia en este narrador es la perspectiva desde la cual narra. El tipo de narración que predomina en el narrador
homodiegéticos es la testimonial, por lo tanto, serán estas perspectivas testimoniales las que predominen en su relato.
Por lo que respecta al narrador heterodiegético, en la mayor parte de su relato da paso al diálogo y a los relatos
fragmentarios de los personajes, pero también toma la voz para introducir datos de las historias locales de relevancia,
adoptando el tono discursivo del cronista:
En el tiroteo entre ambos Nogales, participaron por el lado mexicano más civiles que militares. Los nacionales que
trabajaban en Arizona cruzaron a México para defender a su país; los que vivían en el lado americano cerraron sus puertas
y permanecieron así hasta el final del episodio, dejando a los soldados, empleados de aduana y angloamericanos la
defensa de la frontera norteamericana. El gobernador Plutarco Elías Calles trataba por la vía telefónica de dialogar con las
autoridades civiles y militares de Arizona. Finalmente se llegó a un acuerdo de cese al fuego pasadas las siete de la tarde.
Terminando el conflicto hicieron el conteo de muertos y heridos, resultando por el lado mexicano catorce muertos y
dieciséis heridos, por el lado norteamericano hubo cuatro muertos y treinta heridos. (57)
La novela recurre a la recreación del tipo de fuentes en las cuales se apoya la microhistoria para documentarse. Los
acontecimientos regionales de relevancia, así como también, las historias de fundación de los puertos y poblaciones, son
introducidas poco a poco desprendidas de las historias familiares. A lo largo del relato el narrador heterodiegético da
paso al diálogo de los personajes y, en ocasiones, cede la voz a uno de ellos para narrar, Melquíades. Este narrador
personaje presenta relatos fragmentarios que completan la información de la diégesis que introduce el narrador que lo
enmarca y presenta a su vez historias de leyendas, míticas, locales que aluden a acontecimientos de relevancia regional y
a veces sólo local. Algunas de estas historias que narra el personaje llegan a configurarse como metanarraciones, pero
sólo cuando éstas se extienden lo suficiente y llegan a configurar otro universo diegético, por ejemplo, cuando Melquíades
relata la leyenda de “Lola Casanova” e introduce el relato de tradición oral, documento fundamental en el que se apoya la
microhistoria:
-Te contaré algo que pasó hace un titipuchal. En 1850 pa’ser esactos. Vivía entonces en Guaymas una familia de apellido
Casanova [...]La familia sólo tenía puras hijas[...] Una de ellas, la menor, de dieciocho primaveras, era los ojos de su padre
[...] Se llamaba Dolores... una noche, después de un gran jolgorio, Dolores se despidió de su prometido, el joven Genaro
Encinas. Al día siguiente, ella y sus padres partirían a hermosío[...]  Fue cerca del medio día cuando la caravana fue
atacada por los seris [...]Los salvajes se dispersaron llevándose a siete “renes” entre los cuales iba la Lola. Bueno no iba,
la llevaban... Alelado por la belleza de Dolores, el seri llamado Coyote Iguana cargaba a la chamaca y sobre su caballo la
llevó hasta el lugar llamado Hueso Ballena. Allí entre los manglares tenía este canijo indio, una bolsa [sic. balsa] de
carrizo. Pero antes de salir a la isla de Alcatraz, Coyote Iguana mató al caballo, se tomó un tanto de sangre caliente y
ofreciéndole a la güera, quiso que ésta también se la empinara. ¡No lo hubiera hecho! La Lola reculó espantada. [...]subió
a la muchacha a la balsa encaminándose a la isla. [...]De vez en cuando Coyote Iguana se largaba de la isla pa’traer agua
y restos del caballo pa’seguir pipiriniando. Repugnada, Dolores lo veía tragar. ¡Imagínense ustedes, si’orita les tenemos
pavor, cuantimás en aquellos años en que se decía que tragaban cristianos! Y luego tan feítos y salvajes que eran...
probre güera...  (87)
La historia de “Lola Casanova” se extiende a seis cuartilla en la novela y sólo se ve interrumpida por el cuestionamiento
de los escuchas hacia el narrador personaje y por el propio narrador cuando decide mantener el suspenso haciendo
ciertas pausas o interrupciones intencionales en su narración. Otra característica interesante en el relato de este
personaje es el hecho de que externa sus opiniones con relación al quehacer narrativo, de tal manera que su discurso
adopta ciertas reflexiones metaficcionales: “-Él ya murió, pero por’ai andan los hijos y nietos. –¿Y todo esto es verdad?
Melquíades sonrió. –Es como todo, se empieza por la historia, se le van agregando detalles, se vuelve leyenda y al rato no
se sabe qué tanto hay de cierto” (92). Este tipo de comentarios metaficcionales reaparecen en la novela siempre en voz de
los personajes que, de alguna manera, cuentan o intentan contar una historia, como es el caso de Melquíades al contar la
leyenda y del narrador homodiegético como veremos más adelante.
También los personajes, a través del diálogo al que da paso el narrador heterodiegético, introducen el relato de tradición
oral de carácter esotérico al transmitir aquellas historias de aparecidos que escucharon:
No vayan pa’llá Güili, yo sé muy bien lo que les digo -decía Victor Lafont[...] Estaban también Carlitos Cambustón y el yaqui
apodado El Tetabiate[...]
-Nosotros hasta la tarraya perdimos y al “Pato” Valverde y al “Novillo” los correteó un espanto que arrastraba cadenas.
También el hijo de Doña Tomasa lo vio y se le fue la tripa, hasta que lo curó doña Vicenta; si no me crees pregúntale a
Nachito Ruiz, el fue el último que fue pa’lla, al lugar donde se aparece. Nachito, el “Chicoli” Borboa y el Tirso el yaqui vieron
un bulto negro, grande como el Nagual, que venía bajando del cerro bufando como el demonio... -Yo no creo en espantos –
interrumpió Guillermo.
-A mí no me creas, tú pregúntale a los que te mencioné. -Yo no voy pa’llá, ni aunque me pagaran con oro –dijo El Tetabiate
[...] [...] y otros que lo han visto, aseguran que es un alma en pena porque trai a rastras una cadena y eso es señal de que
es una alma aprisionada por el Maligno. -Ave María purísima –dijo El Tetabiate persignándose[...] (58)

Algo similar ocurre con los relatos testimoniales que presenta el narrador homodiegético, éste se limita a mediar las
entrevistas realizadas por él mismo años atrás y a presentar los testimonios recogidos. Como narrador desaparece casi
totalmente al dar paso al testimonio y al presentar una focalización fija en su yo pasado, el entrevistador, aunque no
podemos olvidar que es la perspectiva del narrador homodiegético la que guía el relato y decide pasar al primer plano las
voces de los diferentes testimonios y la voz del entrevistador.
Varios de los testimonios acerca de la muerte de Alejandro se contradicen y otros más se complementan. Finalmente
sólo es posible acceder a una serie de relatos fragmentarios de los acontecimientos, que no permiten que el lector elija
alguna de las posibles versiones de lo sucedido. Al lector, igual que al narrador personaje, le resulta imposible acceder a
una versión verdadera de los hechos, tampoco el narrador homodiegético expresa nunca su opinión al respecto. La
extraña muerte de Alejandro queda irresuelta, pues sólo es posible acceder a lo que pasó a través de una multiplicidad de
relatos fragmentarios y subjetivos que han perdurado en el tiempo y que constituyen los únicos testimonios con los que
se cuenta para conocer lo sucedido. La novela plantea la imposibilidad de acceder a una única y verdadera versión del
pasado.  El tipo de relatos que introducen los testimonios van desde las diferentes versiones acerca de un mismo hecho,
la extraña muerte de Alejandro Palacio, hasta una variedad de historias personales entreveradas con los testimonios,
pues recordemos que el pretexto que utiliza el narrador para recoger las entrevistas es la elaboración de un libro que trata
de la vida de los pescadores del puerto, específicamente de los pangueros, en este sentido, la pregunta que introduce el
narrador personaje a cerca de la muerte de Alejando está puesta casi como por “casualidad” en las entrevistas:
¿Y ese libro qué beneficio va a traer? –preguntó el hombre. -Es para que los pescadores como Ursulo y otros no pasen
por esta vida desapercibidos.
-Este [sic.] no fue nada. Ursulo no es nada, pescadores chingones los Grajeda, esos sí fueron pescadores. Esos tienen
su monumento en Guaymas, un monumento que costó muchos millones.
-¿Aún viven?
-Viven los hijos, los Pulpo Grajeda les dicen, es una cadena de hijos... Como pescadores chingones los Grajeda.  -Pues
ya tienen su monumento. A mi me interesa la vida de los pangueros, los que recorrieron la costa cuando no había nada.
(165)
Resulta interesante este otro guiño que se introduce en el diálogo anterior, cuando el personaje entrevistador menciona,
en respuesta al comentario de su interlocutor, que a él lo que le interesa contar es la vida de los pangueros y no la de
aquellos pescadores que ya son parte de la Historia a través del monumento que se les edificó. Con relación al concepto
y las connotaciones de la palabra “monumento” Jacques Le Goff señala que “un monumento es, en primer lugar, un
disfraz, una apariencia engañosa, un montaje”, apunta que “Es preciso ante todo desmontar, demoler ese montaje,
desestructurar esa construcción y analizar las condiciones en las que han sido producidos esos documentos-
monumentos” (239). Este simple guiño que introduce el personaje viene a acentuar una clara intención del texto de
destacar la relevancia que adquiere la perspectiva histórica desde la cual se accede al pasado, desde la cual se narra.
LVVM presenta, a través de la ficcionalización de la microhistoria y de la tarea del microhistoriador, la orquestación de una
memoria colectiva, a partir de la cual se accede a esas otras perspectivas posibles desde las cuales se puede configurar
la Historia. La novela entabla una relación dialógica entre la Historia monumento y la historia local, regional, la
microhistoria. Creo que este aspecto de la microhistoria en la ficción del autor es una parte fundamental de la propuesta
estética de Guillermo Munro, ya que no sólo está presente en ésta su primer novela, sino también en las novelas
subsecuentes, especialmente en El camino del diablo.  
Bibliografía:
Bajtín, Mijaíl M. Problemas literarios y estéticos [1875-1975], Trad. de Alfredo Caballero. La Habana: Editorial Arte y
Literatura, 1996.
Genétte, Gerard. Palimpsestos. La literatura en segundo grado [1962]. Trad. de Celia Fernández Prieto. Madrid: Aleta,
Taurus, Alfaguara, 1989.
González y González, Luis. Invitación a la microhistoria, México: Clío, 1997. Le Goff, Jacques. El orden de la memoria. El
tiempo como imaginario [1977], Trad. de Hugo F. Bauzá. Barcelona: Piadós, 1991.
Munro, Guillermo. Varios. Nuestra Gente. Historia, crónica, entrevistas y leyendas del noroeste. 1 de octubre de 2002.  
______. Las voces vienen del mar. Hermosillo, Sonora. México: Instituto Sonorense de Cultura, 1992. ______. Los
sufrimientos de Puerto Esperanza. Hermosillo, Sonora. México: ISC-CNCA, 1996. ______. El camino del diablo.
Hermosillo, Sonora. México: ISC, 1997. ______. No me da miedo morir. Hermosillo, Sonora. México: Edición de autor,
2003. Nuestra gente. Historia, crónica, entrevistas y leyendas del Noroeste. Guillermo Munro, Coeditor. Ortega Noriega,
Sergio. Un ensayo de historia regional. El noroeste de México 1530-1880. México: UNAM, 1993. Pimentel, Luz A. El relato
en perspectiva, México: Siglo XXI, 1998.
Rodríguez Lozano, Miguel. Escenarios del norte de México: Daniel Sada, Gerardo Cornejo, Jesús Gardea y Ricardo
Elizondo. México: UNAM, 2003.
Cuenta, a la fecha, con cuatro novelas publicadas: Las voces vienen del mar aparece en 1992 tras haber ganado el
Concurso del Libro Sonorense en 1991 en este género, a través del Instituto Sonorense de Cultura (ISC). Su segundo
libro Los sufrimientos de Puerto Esperanza (1996) recibe mención honorífica y también es publicado por el ISC y el
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA), de igual manera, su tercer novela El camino del diablo (1997) es
publicada por el ISC a través del Fondo Editorial El Libro Sonorense y su libro más reciente No me da miedo morir (2003),
aparece como una publicación de autor.  Guillermo, Munro. No me da miedo morir. Hermosillo, Sonora, México:
publicación de autor, 2003.  Periódicamente el autor coedita la revista Nuestra gente. Historia, crónica, entrevistas y
leyendas del Noroeste, en la ciudad de Puerto Peñasco, Sonora, donde radica actualmente.  Con relación al término
“región” Sergio Ortega Noriega (1993) menciona que “En leguaje historiográfico el término ‘región’ se aplica a un cierto
espacio físico, delimitado como parte de otro de mayor amplitud” (9). En este caso, “región Noroeste” refiere a las
acciones ocurridas en los territorios ocupados por los estados norfronterizos del país, denominados, por este mismo
autor, como el Noroeste de México, término que incluiría a los estados de Sinaloa, Sonora, Baja California Norte y Sur, así
como también la parte meridional del estado de Arizona y una parte de California en los Estados Unidos.  De aquí en
adelante denominaré con las iniciales LVVM el nombre de la novela Las voces vienen del mar.  Al elegir abordar en este
ensayo, únicamente, el aspecto de la ficcionalización de la microhistoria, soy consciente al dejar en el tintero otros
aspectos importantes de la novela. En este sentido, la tesis que afirma el presente ensayo sólo alude y describe una parte
fundamental de la novela LVVM y deja para otra ocasión el análisis de los otros aspectos.  Utilizo el concepto de
“documento” ateniéndome a la definición que Jacques Le Goff (1991) plantea a partir de la afirmación “No hay historia sin
documento” y citando algunas precisiones sobre el concepto que propone Samaran: “El término ‘documento’ es tomado
en el sentido más amplio, documento escrito, ilustrado, transmitido mediante el sonido, la imagen o de cualquier otro
modo” (232). En este sentido, documento puede ser un dato obtenido a través de muy variados modos.  Aunque no es la
única novela del autor que presenta esta característica, también a parece en El camino del diablo (1997). En Los
sufrimientos de Puerto Esperanza (1996) y en No me da miedo morir (2003) esta característica no es tan clara, como sí lo
es en las otras dos novelas.   Con architextualidad me refiero a lo que Genétte (1989) define en Palimpsestos como
“conjunto de categorías generales o trascendentales –tipos de discurso, modos de enunciación, géneros literarios, etc.-
del que depende cada texto singular[...] Se trata de una relación completamente muda que, como máximo, articula una
mención paratextual (títulos[...] subtítulos[...] novela, relato, poema, etc., que acompaña al título de la cubierta del libro) de
pura pertenencia taxonómica” ( 9-14).
El relato policial aparece de manera constante en la narrativa de Munro como activador de la trama.  La cursiva es mía.  
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